Interculturalidad. Problemáticas y perspectivas diversas reúne siete capítulos producidos en el marco del Grupo de Investigación en Educación e Interculturalidad de la Carrera de Antropología Aplicada de la Universidad Politécnica Salesiana (UPS), a veinte años del Primer Congreso Latinoamericano de Antropología Aplicada (1999) dedicado al «diálogo intercultural». Desde la filosofía, la antropología, la política pública y la educación, los autores comparten una premisa: la interculturalidad, nacida vinculada a la simple idea de diversidad, debe pensarse como «ruta crítica» del accionar humano, esto es, como proyecto político y epistémico y no como mera gestión de la pluralidad cultural. De modo recurrente se distingue esta interculturalidad crítica de sus versiones relacional o funcional, asimilables al multiculturalismo (Walsh).
Síntesis de los ejes argumentales
En el bloque filosófico, Julián García Labrador examina el concepto habermasiano de sociedad postsecular y sostiene que, al exigir que las intuiciones morales de las tradiciones religiosas sean «traducidas» al lenguaje universal de la razón moderna, Habermas incurre en un logocentrismo equivalente al «centrismo integracionista» descrito por Wimmer. Frente a ello contrapone la multiculturalidad, que concibe la cultura como depósito estanco, a la interculturalidad, que asume su carácter dinámico, y propone una traducción intercultural entendida como transmutación (Severi) y abducción (Gell) entre sistemas epistémicos, sustentada en un «horizonte intercultural» de estatuto trascendental y no coercitivo. Stéphane Vinolo argumenta que la pregunta esencialista «¿qué es?» de la filosofía griega funda un gesto de fronteras y exclusión, pero que la propia filosofía occidental, por sus fuentes orientales, su transmisión árabe y la apertura a la alteridad del ego cartesiano, es constitutivamente intercultural; siguiendo a Derrida, concluye que no existen identidades propias o interiores, sino herencias, márgenes y cruces.
Fernando Garcés desplaza el debate a la interculturalidad epistémica desde dos problemas: la escritura alfabética erigida en absoluto gnoseológico y la escisión moderna entre naturaleza y cultura. A partir de khipus, tocapus, textiles y de los discos de barro que aún se usan en San Lucas (Bolivia), documenta «escrituras selectivas» andinas que obligan a revisar la ecuación entre escritura y Estado; y mediante el giro ontológico (Descola, Viveiros de Castro, Escobar) y los «predictores climáticos» del quechua muestra ontologías relacionales en las que lo no humano sabe y comunica. Cuestiona además el antropocentrismo de Heidegger y Gadamer, y cierra con la invitación de Lenkersdorf a «aprender a escuchar».
Patricio Guerrero propone «corazonar» la interculturalidad como resultado de una larga historia de insurgencia material y simbólica de las nacionalidades runas, de la que Dolores Cacuango y Tránsito Amaguaña fueron sembradoras. Distingue la pluriculturalidad (hecho objetivo) y el multiculturalismo (estrategia neoliberal de administración de la diferencia) de la interculturalidad, horizonte utópico aún por construir, que exige combatir la colonialidad del poder, del saber y del ser, tanto hacia afuera como hacia la interioridad de las propias subjetividades y organizaciones. Denuncia la «usurpación simbólica» del término por el Estado y propone un diálogo «dialogal» fundado en una política del amor.
El último bloque aterriza la discusión en el Estado y la educación. Amanda Tello, apoyada en la teoría de la política pública (Roth, Kooiman), advierte que los instrumentos estatales no son neutrales y que la institucionalización puede domesticar la interculturalidad crítica; propone la co-gobernanza y la gestión local intercultural. Sebastián Granda, a partir del Sistema de Escuelas Indígenas de Cotopaxi, muestra que el régimen multicultural neoliberal produjo estatización, enajenación del control comunitario y despolitización —una educación indígena «permitida»—, y que el posneoliberal profundizó la pérdida de control mediante la estandarización y el desprestigio, efectos atribuidos a un Estado monocultural y «etnófago». María Sol Villagómez revisa la formación docente en la carrera de Educación Intercultural Bilingüe de la UPS, cuyo currículo busca articular liberación, comunitariedad, bilingüismo y diálogo de saberes, y señala como desafío permanente la tensión entre pertinencia territorial e institucionalidad universitaria.
Conclusiones críticas
La obra tiene el mérito de sostener, desde disciplinas distintas, una misma pregunta —cómo evitar que la interculturalidad pierda su potencia transformadora al ser capturada por el Estado, el mercado o la academia— y de anclarla en experiencias situadas (SEIC, Amawtay Wasi, carrera de EIB) que impiden tratarla como abstracción. La convergencia entre Guerrero, Tello y Granda en torno a la paradoja del reconocimiento estatal constituye su aporte más sólido para analizar políticas educativas y de inclusión en la región.
Se advierten, no obstante, limitaciones. Primero, el volumen yuxtapone registros (trascendental kantiano, deconstrucción, testimonio espiritual, análisis institucional) sin ponerlos realmente en diálogo: Guerrero considera la traducción y la hermenéutica un ejercicio «desde la cabeza», insuficiente frente al hermanamiento, precisamente la vía que García Labrador propone como salida, y esa tensión no se discute. Segundo, la tesis de Vinolo de que no existen identidades propias ni interiores, filosóficamente sugerente, resulta políticamente problemática frente a las demandas de autogobierno y territorio que Guerrero y Granda defienden, y corre el riesgo de diluir las asimetrías de poder que la interculturalidad crítica exige nombrar. Tercero, el registro programático y espiritual de Guerrero carece de criterios de contrastación y su lectura del correísmo no admite contrapunto. Cuarto, la evidencia empírica es acotada (un caso con trabajo de campo en 2013-2014) y predominantemente andino-ecuatoriana, lo que limita la generalización pese al título «perspectivas diversas»; además, varios autores forman parte de las instituciones salesianas cuya trayectoria narran, de modo que la autocrítica institucional es escasa.
En síntesis, el libro es un aporte valioso para pensar críticamente la inclusión, la diversidad y la interculturalidad desde América Latina, en especial por su distinción entre interculturalidad crítica y captura funcional. Su desafío pendiente es traducir esa crítica en propuestas institucionales verificables, que permitan a los pueblos controlar sus proyectos educativos y epistémicos sin que su incorporación al Estado los vacíe de sentido político.




