Presentación de la obra
El texto es una guía metodológica elaborada para el Taller Latinoamericano de Sistematización Participativa de Experiencias Sociales convocado por el IMDEC (27 de noviembre al 1 de diciembre de 2013), institución histórica de la red Alforja y del CEAAL. Combina un cuerpo central de orientaciones y ejercicios con un dossier de lecturas de apoyo de Roberto Antillón, Oscar Jara, Alfredo Ghiso, María de la Luz Morgan y Ana Bickel. Su propósito declarado es compartir una propuesta de sistematización «desde la perspectiva dialéctica con enfoque de equidad de género», desarrollar habilidades para diseñarla y ejecutarla, y reafirmar el compromiso ético-político de las organizaciones con una práctica social transformadora.
Marco teórico-epistemológico
Las autoras definen la sistematización participativa como la recuperación ordenada, el análisis y la interpretación crítica de la práctica de un actor social que busca comprender y transformar sus condiciones de vida, con el fin de mejorar su acción futura. Es participativa porque los protagonistas no son informantes sino sujetos de conocimiento, y se refiere a experiencias sociales porque estas son vividas por sujetos con subjetividades y contradicciones propias. Siguiendo a Jara, la sitúan en la genealogía del pensamiento latinoamericano de liberación: reconceptualización del trabajo social chileno, educación popular freireana, comunicación popular (Kaplún), teología de la liberación, teatro del oprimido (Boal), teoría de la dependencia e investigación-acción participativa (Fals Borda). Con Ghiso, establecen acuerdos básicos del campo —a toda sistematización le antecede una práctica; todo sujeto es sujeto de conocimiento; el proceso es interlocución en que se negocian discursos; no es neutral sino emancipador; importan tanto el proceso como el producto— y reconocen, frente a la unidad epistemológica dialéctica que proponía Diego Palma, una pluralidad de enfoques: histórico-dialéctico, dialógico-interactivo, hermenéutico, de la reflexividad y deconstructivo.
Aportaciones metodológicas
La propuesta se organiza en una ruta coherente. El punto de partida es la experiencia vivida; luego se definen tres elementos que deben guardar coherencia: el objeto (qué, quiénes, dónde y cuándo), el objetivo (para qué sistematizar) y el eje (hilo conductor del que derivan las categorías de análisis). Siguen la reconstrucción histórica mediante líneas del tiempo y gráficos creativos que identifican hitos, rupturas y etapas; la descripción y ordenamiento de la información a partir de preguntas derivadas del eje; la interpretación crítica, considerada el momento medular, que interroga «por qué pasó lo que pasó» identificando tensiones, contradicciones, relaciones de poder, contexto estructural e influencias culturales; la formulación de conclusiones, aprendizajes y recomendaciones; y la devolución creativa a los participantes (teatro, video, historieta, radio-drama). Un cuadro comparativo distingue la sistematización de la evaluación (centrada en resultados y brechas entre lo planeado y lo logrado) y de la investigación (que no exige haber protagonizado el proceso). El taller inicia con un ejercicio de historia de vida del propio compromiso político, que funciona como modelización vivencial del método.
Las lecturas profundizan dimensiones específicas. Antillón vincula sistematización e identidad grupal, entendiendo esta como síntesis dialéctica entre lo asignado y lo asumido, y el discurso compartido como sustituto del «cuerpo» del colectivo. Jara sostiene que la sistematización empodera y que toda experiencia está atravesada por relaciones patriarcales de poder, por lo que el enfoque de género —con Ana Felicia Torres— es indispensable, incluida la deconstrucción de las masculinidades. Ghiso historiza el campo desde las luchas de los setenta hasta la crisis de paradigmas de los noventa y propone pensar la sistematización en clave de redes que conecten diversidades. Morgan advierte el riesgo de que su difusión institucional la convierta en moda formal. Bickel detalla técnicas de interpretación («abogado del diablo», tesis-antítesis-síntesis, el «porqué» infantil) y categorías de género para cada momento del proceso.
Conclusiones críticas
La obra tiene el mérito de traducir una tradición epistemológica densa en una ruta pedagógica accesible y replicable, legitimando el saber producido desde la práctica por sujetos históricamente excluidos de la producción de conocimiento. La articulación objeto-objetivo-eje, la centralidad de la interpretación crítica, la devolución como deber ético y la incorporación de la subjetividad («sentipensar») constituyen aportes sólidos para organizaciones sociales y equipos de intervención comunitaria. Leída desde la inclusión, la diversidad y la interculturalidad, presenta sin embargo límites relevantes.
En primer lugar, existe una tensión epistemológica no resuelta: el texto reconoce con Ghiso la pluralidad de racionalidades y enfoques, pero adopta como matriz una dialéctica de raíz marxista —incluida la cita de Mao sobre los ciclos práctica-teoría-práctica— que se presenta como universal. Ello deja sin examinar si esa matriz, con su ideal de «síntesis» y «salto cualitativo», puede acoger lógicas de conocimiento indígenas, afrodescendientes o comunitarias que no operan por contradicción y superación. En segundo lugar, la interculturalidad está prácticamente ausente: la diversidad se tematiza casi en exclusiva como diferencia de género, y los pueblos indígenas o las minorías étnicas aparecen solo enumerados. Herramientas como la línea del tiempo cronológica, el papelógrafo y la conclusión escrita en viñetas suponen una temporalidad lineal y una cultura letrada que podrían resultar extrañas a otras formas de memoria (oral, cíclica, territorial), pese a la sugerencia de usar dibujos con personas no alfabetizadas. Faltan aquí los aportes del giro decolonial —colonialidad del saber, diálogo de saberes, interculturalidad crítica— que habrían potenciado la propuesta.
En tercer lugar, el enfoque de género, aunque valioso y transversal, permanece en un registro binario hombre/mujer; la diversidad sexual se menciona sin integrarse analíticamente, y el ejemplo televisivo de Antillón emplea un lenguaje ya superado («opción sexual»). La interseccionalidad —cómo se superponen género, etnia, clase, edad o discapacidad— no se desarrolla, aunque Bickel sugiere extender el análisis a relaciones entre jóvenes y adultos u ONG y comunidades. En cuarto lugar, la retórica de horizontalidad convive con asimetrías no problematizadas: la figura del facilitador externo, las condiciones institucionales (tiempo, recursos, voluntad directiva) y la inserción de la sistematización en el «ciclo del proyecto» de desarrollo revelan una dependencia de la lógica gerencial y de la cooperación internacional —que el propio Antillón refuerza al valorar la teoría empresarial de sistemas— y que contradice la advertencia de no redactar la sistematización como un proyecto financiable. Esta tensión remite a lo que Walsh denomina captura funcional de las propuestas críticas, riesgo que Morgan intuye pero que el manual no aborda. Finalmente, como material de taller, adolece de redundancias (reproduce textualmente pasajes de Ghiso) y no ofrece criterios explícitos de rigor, validación ni protocolos éticos sobre consentimiento y propiedad colectiva de los saberes sistematizados.
En síntesis, la guía constituye una herramienta útil y coherente para fortalecer la reflexividad de organizaciones sociales, pero su potencial emancipador se ampliaría si dialogara de manera explícita con las epistemologías del Sur, la interculturalidad crítica y la interseccionalidad, de modo que «sistematizar participativamente» signifique también abrir el método a otras formas de conocer, recordar y narrar la experiencia.
.png)