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lunes, 14 de septiembre de 2026

Resumen académico: La mediación artística. Arte para la transformación social, la inclusión social y el desarrollo comunitario , Ascensión Moreno González, Ediciones Octaedro, Barcelona, 2016

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La mediación artística propone y sistematiza, por primera vez de forma unificada, un concepto —mediación artística— que aglutina bajo un mismo marco teórico-metodológico prácticas socioeducativas dispersas hasta entonces bajo etiquetas parciales (teatro social, danza integrada, arte comunitario, arteterapia aplicada a contextos no clínicos). Moreno González, vinculada al máster de Arte para la inclusión social, la transformación social y el desarrollo comunitario de la Universidad de Barcelona, define la mediación artística como la intervención socioeducativa que utiliza los lenguajes artísticos (artes plásticas, fotografía, vídeo, teatro, danza, música, circo, clown, escritura creativa) como herramienta —nunca como fin en sí misma— para acompañar procesos de empoderamiento, resiliencia y transformación en personas, grupos y comunidades en situación de exclusión o vulnerabilidad social. La obra se estructura en diez capítulos que van del diagnóstico de la exclusión social a una propuesta de marco metodológico y de intervención, pasando por la revisión de los referentes disciplinares y de los lenguajes artísticos y contextos en que la práctica se despliega.

Marco teórico-epistemológico

La autora construye su propuesta en la confluencia de seis tradiciones: la pedagogía activa y, especialmente, la pedagogía del oprimido de Paulo Freire (concienciación, diálogo, emancipación del sujeto históricamente silenciado); la filosofía de la simbolización (Cassirer, Langer, Goodman, Deleuze), que entiende el arte como forma simbólica y espacio de reconstrucción del mundo; la psicología y el psicoanálisis (Piaget, Winnicott, Segal, Cyrulnik), de donde extrae el andamiaje conceptual central de la obra —la función simbólica articulada en torno a la palabra, el juego y la representación, y el concepto winnicottiano de objeto transicional como matriz de la obra artística—; la educación social y su noción de «acción mediadora» (ASEDES); la educación artística, de la que adopta explícitamente el paradigma expresionista frente al academicista, el de alfabetización visual y el de cultura visual; y la arteterapia y el arte comunitario, de los que se distancia mediante una delimitación de encuadre (no psicoterapéutico, sino educativo y comunitario) más que de técnica. Sobre esta base construye tres ejes explicativos —resiliencia (Grotberg, Wolin y Wolin), empoderamiento (tradición iberoamericana) y simbolización— que, sostiene, dan cuenta de por qué el arte «funciona» como herramienta de inclusión: rompe la mirada estigmatizadora (apoyándose en Stuart Hall y Maffesoli sobre la identidad no esencialista), abre un «espacio potencial» seguro y opera, en su vertiente comunitaria y de resolución de conflictos, como una variante del modelo de mediación transformadora (Bush y Folger) frente a los modelos lineal y circular-narrativo.

Aportaciones temáticas

Tras fundamentar la pertinencia del arte como respuesta a la exclusión social —caracterizada en sus dimensiones económica, política y de privación de vínculos (Pérez de Armiño y Eizagirre; De Haan)—, la autora describe siete mecanismos de acción de la mediación artística: acceso democrático a la cultura, ruptura del estigma, espacio de experimentación segura y confidencial, desarrollo de la resiliencia mediante expresión metafórica en tercera persona, empoderamiento individual, grupal y comunitario, activación de la función simbólica, y potencial de mediación en conflictos identitarios, políticos o bélicos. Propone después un marco metodológico común a los distintos lenguajes artísticos, articulado en dos momentos —producción y puesta en común/reflexión— sostenidos por un vínculo de confianza y una distancia profesional óptima del mediador, quien no dirige, no interpreta ni juzga, sino que acompaña, garantiza confidencialidad y devuelve preguntas abiertas («cómo es que…») en lugar de indagaciones causales. Revisa a continuación las especificidades de cada lenguaje (artes plásticas, fotografía, vídeo, teatro social —con referencias a Boal y al teatro fórum—, danza, música —con estudios de caso como El Sistema venezolano, la Orquesta de Instrumentos Reciclados de Cateura o Sinfonía por el Perú—, circo social, clown de hospital y humanitario, y escritura creativa), los contextos de aplicación (infancia, personas mayores, violencia de género, sinhogarismo, privación de libertad, adicciones, diversidad funcional, trastorno mental, interculturalidad y conflicto bélico) y, finalmente, dedica un capítulo específico al Desarrollo Cultural Comunitario (DCC) como modalidad de mediación artística orientada al territorio, con una metodología propia basada en el diagnóstico participativo, la horizontalidad, la capacitación comunitaria y la evaluación democrática.

Conclusiones críticas

La principal aportación de la obra es de orden taxonómico y profesionalizante: al nombrar y delimitar un campo que existía de facto pero disperso en denominaciones inconexas, Moreno González ofrece a la intervención social un marco replicable y transmisible, con un notable esfuerzo de sistematización metodológica (la secuencia producción/reflexión, el rol no directivo del mediador, la distinción de encuadre respecto de la arteterapia) que dota de rigor profesional a prácticas frecuentemente improvisadas. Sin embargo, leída desde una mirada crítica situada en los debates contemporáneos sobre interculturalidad y decolonialidad, la obra presenta límites relevantes. En primer lugar, su fundamentación teórica es predominantemente psicologizante e individualizante: el eje explicativo central —la función simbólica de raíz psicoanalítica— tiende a leer la exclusión social ante todo como trauma a elaborar en la subjetividad, desplazando a un plano secundario el análisis estructural de las causas económicas y políticas de esa exclusión que la propia autora reconoce en el capítulo 2; el riesgo, no plenamente advertido por el texto, es una forma de responsabilización terapéutica del sujeto vulnerado allí donde el problema es, ante todo, distributivo e institucional. En segundo lugar, la apropiación de referentes profundamente político-pedagógicos como Freire resulta parcial: se retienen la concienciación y la horizontalidad, pero se diluye el proyecto de transformación estructural del oprimido en un lenguaje de «empoderamiento» y «resiliencia» más cercano al vocabulario terapéutico-gestión de sí que a la pedagogía liberadora, en una operación de despolitización que autoras del campo decolonial (Walsh, entre otras) señalarían como característica de la interculturalidad «funcional desde arriba» frente a la interculturalidad crítica «desde abajo». En tercer lugar, pese a reivindicar la horizontalidad y el protagonismo comunitario —particularmente explícito en el capítulo dedicado al DCC—, el diseño metodológico general conserva una asimetría de fondo: es el mediador artístico, formado y externo en la mayoría de los casos, quien define el encuadre, la confidencialidad y los límites de lo expresable, reproduciendo una relación de autoridad profesional que la retórica de la «no directividad» atenúa pero no elimina. En cuarto lugar, la obra adolece de un punto ciego interseccional: aunque cataloga contextos de vulnerabilidad (género, discapacidad, privación de libertad, migración), no articula un análisis de cómo estos ejes de opresión se superponen y se coproducen (por ejemplo, mujeres racializadas privadas de libertad, o infancia migrante con diversidad funcional), tratando cada «contexto» como compartimento relativamente estanco. Finalmente, el uso reiterado de casos latinoamericanos exitosos (El Sistema, Cateura, vídeo indígena) como ejemplos aspiracionales, sin un examen crítico de sus propias tensiones —financiamiento externo, dependencia institucional, extractivismo cultural de las narrativas de pobreza superada—, revela una lectura más celebratoria que analítica de la experiencia iberoamericana.

En síntesis, La mediación artística constituye una contribución valiosa y pionera para la profesionalización de una práctica socioeducativa relevante, pero su potencial transformador quedaría considerablemente fortalecido si su sólido armazón psicológico-simbólico dialogara de manera más explícita con los marcos estructurales, decoloniales e interseccionales que permiten pensar la exclusión no solo como herida subjetiva a resignificar, sino como efecto de relaciones de poder que la sola mediación artística, por sí misma, no puede transformar.







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