La obra Los usos de la diversidad, editada por Paidós en 1996 dentro de la colección Pensamiento Contemporáneo, reúne tres ensayos del antropólogo norteamericano Clifford Geertz —"El pensar en cuanto acto moral" (1968), "Los usos de la diversidad" (1986) y "Anti-antirrelativismo" (1984)—, precedidos por una extensa introducción del filósofo español Nicolás Sánchez Dura. Aunque los textos pertenecen a distintas décadas, articulan un corpus teórico coherente en torno a un problema central de la antropología cultural contemporánea: cómo comprender la alteridad cultural sin caer en el etnocentrismo ni en el nihilismo moral, y qué función tiene el conocimiento de la diversidad en una época de mestizaje cultural acelerado.
II. Núcleos temáticos fundamentales
1. El pensar como acto moral y la dimensión ética del trabajo de campo
En el primer ensayo, Geertz retoma la doctrina pragmatista de John Dewey para sostener que el pensamiento es una forma de conducta social sujeta a evaluación moral. Desde esta premisa, examina las dimensiones éticas del trabajo de campo etnográfico en Indonesia y Marruecos, centrándose en la reforma agraria como problema irreducible que expone las limitaciones de la ciencia social para transformar las condiciones que diagnostica. El autor introduce la noción de "ironía antropológica" para describir la asimetría moral que subyace a la relación investigador-informante: una relación marcada por diferencias estructurales de poder, expectativas asimétricas y la imposibilidad de una comunión transcultural plena. La imparcialidad científica, lejos de ser neutralidad, emerge como logro ético construido en la tensión entre el compromiso moral y la observación analítica. Este ensayo anticipa los debates contemporáneos sobre posicionalidad, reflexividad y ética de la investigación intercultural.
2. Los usos de la diversidad: etnocentrismo, mestizaje y vida en el collage
En este texto —el más relevante para los estudios de interculturalidad— Geertz discute críticamente dos posiciones que, con diferentes argumentos, abogan por la autocentricidad cultural: la de Claude Lévi-Strauss y la de Richard Rorty. Lévi-Strauss propone que cierta impermeabilidad entre culturas es condición necesaria para la creatividad y la diversidad, mientras que Rorty defiende que cada comunidad sólo puede justificarse desde sus propias tradiciones. Geertz rechaza ambas posturas en tanto conducen a un narcisismo moral o a un provincialismo complaciente. Frente a ellas, argumenta que la diversidad cultural no debe entenderse como un conjunto de "alternativas a nosotros" sino como constitutiva de nuestra propia identidad: los hiatos entre lo propio y lo ajeno definen los límites reales del yo. La metáfora del "collage cultural" describe las sociedades contemporáneas como espacios de yuxtaposición de sensibilidades en contacto ineludible, donde el etnocentrismo ya no puede sostenerse como estrategia de vida. El caso del "indio alcohólico y el riñón artificial" ilustra la irreductibilidad de los conflictos de valores que surgen al interior de las sociedades multiculturales, evidenciando que las respuestas disponibles —tolerancia vacua, paternalismo o aplicación de la fuerza— resultan insuficientes sin un acceso imaginativo a la subjetividad ajena.
3. Anti-antirrelativismo: defensa de la diversidad sin nihilismo moral
En el tercer ensayo Geertz no defiende el relativismo sino que combate el antirrelativismo, entendido como reacción que, por temor al nihilismo, recurre a concepciones descontextualizadas de la "naturaleza humana" o la "mente humana" para reivindicar universales morales o cognitivos. El autor analiza críticamente el naturalismo de Midgeley y el neorracionalismo de Lévi-Strauss, Gellner y Sperber, mostrando que en su búsqueda de fundamentos transculturales se opera una reducción inadmisible de la alteridad. Para Geertz, el relativismo cultural es una inclinación constitutiva de la antropología y no implica pirronismo moral: juzgar sin comprender es la verdadera ofensa contra la moralidad. La tarea de la etnografía es ampliar el universo del discurso humano, no establecer jerarquías entre sistemas de valores.
III. Contribuciones a los estudios de inclusión, diversidad e interculturalidad
La obra de Geertz ofrece herramientas conceptuales de alta pertinencia para pensar la inclusión y la interculturalidad. Su concepción de la cultura como red de significaciones —y del ser humano como animal incompleto que se termina en formas culturales particulares— impugna cualquier jerarquía cultural fundada en una supuesta naturaleza universal. Su distinción entre "comprensión" como captación y "comprensión" como acuerdo moral proporciona una base epistemológica para el diálogo intercultural que no exige ni asimilación ni relativismo extremo. La noción de descripción densa y la perspectiva émica fundamentan metodologías de investigación respetuosas con las lógicas propias de los sujetos estudiados. Finalmente, la propuesta de la etnografía como disciplina capacitadora —que sitúa particulares "nosotros" entre particulares "ellos"— conecta con los principios de la pedagogía intercultural y los enfoques contemporáneos de diversidad e inclusión educativa.
IV. Conclusiones desde una mirada crítica
El pensamiento de Geertz constituye un hito insoslayable en el debate sobre diversidad cultural e interculturalidad, pero admite lecturas críticas que enriquecen su recepción contemporánea.
En primer lugar, si bien Geertz identifica con lucidez las asimetrías morales del trabajo de campo, su tratamiento permanece anclado en la perspectiva del investigador occidental. La voz del "otro" —el informante javanés, el indio alcohólico— aparece siempre mediada por la interpretación del etnógrafo, sin que se problematice suficientemente la agencia epistémica de los sujetos subalternos. Desde los estudios postcoloniales (Spivak, Bhabha) y la epistemología del Sur (de Sousa Santos), esta asimetría es ya en sí misma una forma estructurada de poder que la mera voluntad de comprensión no cancela.
En segundo lugar, la metáfora del collage cultural, aunque productiva para describir las sociedades contemporáneas, puede opacar las relaciones de poder que estructuran la yuxtaposición de diferencias. No todas las culturas o grupos se yuxtaponen en condiciones de igualdad: la diversidad que convive en las metrópolis globales es también producto de migraciones forzadas, desplazamientos coloniales y exclusiones históricas. Una teoría de la interculturalidad crítica (Walsh, Tubino) debe atender no sólo a la comprensión mutua sino a la transformación de las condiciones materiales e institucionales que producen la desigualdad.
En tercer lugar, aunque Geertz rechaza con rigor los universalismos vacíos del antirrelativismo, su propia posición —un particularismo "optimista" orientado a ampliar el universo del discurso humano mediante la razón— no está exenta de presupuestos culturalmente situados. La fe en el diálogo racional como horizonte del encuentro intercultural remite a una tradición ilustrada liberal que, desde la filosofía intercultural (Fornet-Betancourt) o el giro decolonial (Quijano, Mignolo), puede ser cuestionada como una forma sofisticada de etnocentrismo epistémico.
Con todo, la invitación de Geertz a conocernos los unos a los otros sin rendirse ni al cosmopolitismo vacío ni al provincialismo complaciente sigue siendo una de las orientaciones más lúcidas y urgentes para pensar la convivencia en sociedades marcadas por la diversidad. Su obra nos recuerda que la comprensión de la diferencia no es un lujo intelectual sino una condición de posibilidad para una vida democrática genuinamente plural.
Referencia bibliográfica principal
Geertz, C. (1996). Los usos de la diversidad. Introducción de Nicolás Sánchez Dura. Barcelona: Paidós / ICE de la Universidad Autónoma de Barcelona. (Colección Pensamiento Contemporáneo, 44).
