Estimados y estimadas:
En la entrega de esta semana les presentamos esta obra que cuestiona de manera sistemática cómo se entiende, concibe y aplica la participación social, y revela las contradicciones entre los discursos democráticos y las prácticas efectivas.
El título mismo —"Participación social, ¿para qué?"— sintetiza la provocación de la obra. Spinelli señala en la presentación que la participación aparece como una "contraseña" incuestionable en discursos gubernamentales, de organismos internacionales y ONG, pero rara vez se pregunta: ¿qué se entiende realmente por participación? ¿Es un medio o un fin? ¿A quiénes sirve? ¿Qué se reproduce? El problema es que la participación se ha naturalizado sin reflexión crítica sobre sus propósitos reales.
Primera parte: Las ideologías de la participación comunitaria
La genealogía de un concepto problemático
Antonio Ugalde inicia un análisis histórico devastador mostrando cómo el concepto de "participación comunitaria" surgió en contextos de proyectos de desarrollo rural en los años 50-60, donde fue utilizado para introducir valores consumistas, extraer trabajo gratuito (autoconstrucción) y neutralizar organizaciones populares genuinas.
Prejuicios sobre los campesinos y pobres urbanos
Ugalde documenta cómo científicos sociales estadounidenses caracterizaban a campesinos y pobres como "apáticos, desconfiados, no cooperativos, autoritarios, incapaces de aceptar riesgos" y "faltos de empresa". Esta interpretación justificaba que necesitaban "modernizar sus valores" mediante "ingeniería social". Sin embargo, Ugalde demuestra que esta era una lectura completamente falsa: organizaciones precolombinas como el tequio (México), guelaguetza (Andes), minga (región andina) y sistemas de cargo ya incorporaban trabajo colectivo, ayuda mutua, participación política e igualitarismo.
Paradoja reveladora
Lo paradójico es que mientras gobiernos e instituciones internacionales predicaban la participación comunitaria, simultáneamente destruían las organizaciones populares genuinas que sí funcionaban. Ugalde cita ejemplos como las Ligas Campesinas en Brasil (bajo Francisco Julião), las organizaciones campesinas en Honduras, los sindicatos rurales en Perú bajo Hugo Blanco. Estos movimientos fueron reprimidos, sus líderes asesinados o exiliados, porque representaban amenazas reales al poder.
Tres funciones reales de la "participación comunitaria"
Ugalde identifica que la participación comunitaria ha servido históricamente para:
Introducir valores consumistas mientras se destruyen instituciones indígenas ricas y autosustentables.
Extraer trabajo no remunerado mediante la "autoconstrucción" de infraestructuras (carreteras, sistemas de riego, escuelas), liberando capital estatal para gastos en defensa y represión.
Neutralizar organizaciones populares mediante cooptación de líderes capaces, manipulación y violencia.
Segunda parte: La participación social en salud — un balance de fracasos
El patrón latinoamericano
Menéndez argumenta que aunque la participación comunitaria en programas de salud es reciente (principalmente desde los 70), ha reproducido exactamente el patrón de fracasos observado en otros sectores.
Tercera parte: Contradicciones entre estructura y localidad
El problema de la articulación
Menéndez articula una crítica crucial: mientras que la participación se enfatiza a nivel local, las decisiones económico-políticas que determinan la vida cotidiana se toman a nivel global por actores completamente ajenos a las comunidades.
Desde los años 70, políticas de ajuste estructural del FMI y Banco Mundial (privatizaciones, desempleo, concentración de riqueza) transformaron radicalmente las condiciones de vida sin que las poblaciones participaran en esas decisiones. Después, se pide a esas mismas poblaciones que "participen" en soluciones a nivel comunitario para problemas (desnutrición, violencia, pobreza extrema) que generaron actores externos.
Culpabilización de la víctima
Menéndez critica cómo la participación social opera frecuentemente como mecanismo de "culpabilización de la víctima" (Ryan, 1976): si comunidades no resuelven sus problemas de salud mediante participación local, es culpa de su "falta de cultura" o "descuido", ocultando que las causas están en decisiones macroestructurales fuera de su control.
Cuarta parte: Múltiples trayectorias y objetivos de la participación social
Menéndez documenta que la participación social ha tenido múltiples y frecuentemente contradictorias orientaciones:
Objetivos específicos de salud: mejorar cobertura, reducir daños.
Legitimación estatal: participación como medio para legitimar gobiernos o instituciones.
Trabajo voluntario reduciendo costos: uso de mano de obra gratuita.
Democratización: participación como ejercicio de ciudadanía y democracia directa.
Transformación macrosocial: participación como inicio de cambios estructurales.
Distracción y control: participación como mecanismo de hegemonía/subalternidad.
El problema es que estas orientaciones frecuentemente son antagónicas, pero los documentos oficiales las presentan como si fueran complementarias.
Quinta parte: Fassin y la ética de la ambigüedad
Didier Fassin añade una perspectiva antropológica-ética subrayando que la participación comunitaria en salud opera frecuentemente en contextos de "ideología y pragmatismo" donde:Las representaciones ideales (participación, democracia, equidad) contrastan radicalmente con las prácticas efectivas (control, cooptación, reproducción de desigualdades).
El dilema moral: gobiernos y ONG enfrentan una paradoja: necesitan legitimación popular pero no pueden permitir participación que realmente cuestione el orden estructural.
Conclusiones transversales
Discurso versus práctica: Existe un abismo entre lo que se dice sobre participación social (democratizador, empoderante, equitativo) y lo que efectivamente sucede.
Participación sin poder: Las comunidades son consultadas sobre lo local pero nunca sobre las decisiones estructurales que configuran sus realidades.
Reproducción de desigualdades: Lejos de redistribuir poder, la participación social frecuentemente reproduce o intensifica desigualdades existentes, concentrando recursos en elites locales cooptadas.
Necesidad de preguntarse el "para qué": La obra insta a recuperar la pregunta fundamental que se ha perdido: ¿para qué participación social? ¿Al servicio de qué actores y qué proyectos? ¿Con qué consecuencias para la vida de las personas?
Articulación teoría-práctica: Menéndez insiste en que no basta reflexión teórica sobre la participación; es necesario observar sistemáticamente qué se hace en la práctica con definiciones que aparecen en documentos oficiales.
El libro es un llamado a la vigilancia crítica sobre un concepto que, por su omnipresencia, ha perdido capacidad analítica y se ha convertido en un eslogan vacío que puede ser usado para fines contradictorios: tanto para promover auténtica transformación como para legitimizar sistemas de control y explotación.
